Friday, August 2, 2013

IXE es lo mismo, pero no es igual

IXE solía decir que “es lo mismo, pero no es igual”. Ahora ya no lo dice y nos deja pensando si sigue siendo diferente a los demás.

El lunes tenía que hacer una transferencia electrónica para pagar un servicio. Entré a la página IXE y como cualquier otro sitio bancario hay un lugar para escribir mi nombre de usuario. Ah, pero aquí en IXE es diferente porque el nombre de usuario no puede tener letras contiguas, debe tener dígitos, y ser de al menos 8 caracteres. Y para hacerlo aún más distintivo uno no puede leer lo que está escribiendo. Una vez completado este acertijo me pide mi contraseña. Este es el nivel 2 de complejidad ya que la contraseña debe estar compuesta por pares de letras y números; los dígitos contiguos deben representar un número primo, y los caracteres un fonema del chino mandarín. El tercer y último nivel de complejidad es la contraseña dinámica: un número aleatorio de 18 dígitos que obtenemos de un tamagochi, pero sólo nos da 5 segundos para escribirlo.

Es evidente, desde mis primeros 20 minutos en el sitio, que IXE no se anda con jaladas. Ellos si quieren ser diferentes.

Ahora tengo que dar de alta la cuenta del destinatario. Ingreso todos sus datos y antes de guardarlos me pide mi NIP para alta de cuentas que me mandaron por correo. Esto también es diferente a los otros bancos porque los demás asumen que una vez que una vez que se ha completado el examen de cálculo para entrar al sitio uno es realmente quien dice ser. ¡Es como si uno va a un bar, le piden identificación para entrar pero también cada vez que va a la barra a pedir un whisky se la vuelven a pedir! En fin, voy en busca del correo donde viene la contraseña, regreso al sitio, escribo la contraseña y el sitio amablemente me dice que por seguridad ha expirado mi sesión. Ahora tengo que esperar 30 minutos para poder ingresar de nuevo.

Nombre de usuario, contraseña, tamagochi, NIP, y por fin doy de alta la cuenta del servicio. Ahora sí, le voy a mandar lana a esta cuenta pero antes, por seguridad, debo esperar otros 30 minutos. Claro, no vaya a ser la de malas que justo en ese momento alguien me roba la computadora y hace una transferencia a esa cuenta.

Nombre de usuario, contraseña, tamagochi. Ahora si me deja hacer la transferencia, no sin antes pedirme ¡la combinación de mi contraseña con la clave dinámica del tamagochi! ¡No mames! Ahora si tuve que sacar la calculadora científica, una hoja de Excel y hacer un pinche modelo matemático. Y todo en menos de 5 minutos porque si no, el sitio te manda de regreso al nivel 1… como juego de Nintendo.

El martes dije, a la chingada, IXE es totalmente diferente a otros bancos; me voy a cambiar. Me presenté a la sucursal donde una ejecutiva muy amable me sirvió un café y me invitó a su oficina. Le expliqué la situación y me pidió mi identificación oficial para poder hacer el trámite. Con los documentos listos me explicó que ahora me comunicaría con el departamento de matemáticas puras para hacer el examen de identidad.
-          Señorita, pero por eso vine a la sucursal… no quiero hacer el examen! Ayer pase 1 hora haciendo exámenes de identidad y pasé de panzazo. Además, ahí tiene mi identificación oficial. ¿Qué más válido que la credencial que me entregó el gobierno de mi país para comprobar que si soy yo?
-          Sí, pero es por seguridad. Si trae su tamagochi a la mano, ¿verdad?
      Me pasa el teléfono y en seguida habla el profesor de cálculo:
-          Buenos días, bienvenido a IXE Directo. De su NIP telefónico ¿me puede decir la 4ª y 7ª posición?
Para este ejercicio hay que resolver un sudoku en menos de 2 minutos y decirle al agente secreto el valor de las esquinas. Es realmente estresante porque en una mano tienes un café, en la otra el teléfono, en frente a la ejecutiva con un escote que llega al ombligo y al agente secreto esperando en la línea.

-          5 y 7.2 No, perdón… 5 y 7.4 Ah no, 5 y 8
-          ¡Correcto!
-          Ahora dígame su clave dinámica
-          8590187271010189231
-          Muy bien, ahora en binario… ¿Ah verdad? No es cierto.

La ejecutiva cuelga el teléfono, satisfecha de que he validado mi identidad. Aunque en el fondo creo que sigue dudando porque mi identificación oficial tiene más de un año de antigüedad.

-          Para concluir solo voy a necesitar su comprobante de domicilio.

Increíble, después de resolver el sudoku, decir los 18 dígitos,  y haber comprobado mi identidad no puedo cerrar mi cuenta en IXE porque no traje un comprobante de domicilio!

IXE, es lo mismo ¡pero no es igual!

Monday, October 8, 2012

Ciudad de México, Capital en Movimiento

El sitio web de la Ciudad de México, donde el gobierno promociona el turismo, tiene como eslogan “Capital en Movimiento”. No sé que opinen los turistas al respecto, y lo más seguro es que ni lo noten porque el tipo de letra y la resolución es tan mala que ni se alcanza a leer. Pero uno como habitante del D.F. seguramente se pregunta: ¿…en movimiento hacia donde? o ¿a que se refieren con capital, a la entidad federativa o al capital económico?

Ciertamente se deben referir al capital económico, ya que nuestra capital, lejos de estar moviéndose hacia adelante, sigue estancada gracias a la corrupción y burocracia de los líderes que la gobiernan. ¿Y quien se atrevería a ponerle un eslogan así al sitio, verdad?
Entonces nos queda claro, Ciudad de México, Capital en Movimiento. Es decir, la capital es un lugar donde se mueve la lana, hay oportunidad de negocio para todos, y por lo tanto se resolverá el problema de la pobreza. Y yo, afortunado ciudadano donde se genera este ciclo virtuoso tuve la oportunidad de comprobar, de primera mano, un ejemplo de este capital en movimiento. Compañeros ciudadanos, no me vuelvo a quejar de la burocracia, piedra angular y motor que hace que la lana se mueva en nuestra ciudad.

El 17 de septiembre de 2011 me dispuse a tramitar las placas de un coche nuevo. Para ello consulte el sitio de la delegación Miguel Hidalgo en donde después de varios botonazos me informaron que hay que llevar original y copia de 5 documentos: licencia de conducir, pago de derechos, reporte del REPUVE, factura, y comprobante de domicilio. También le hablé a mi mecánico de confianza porque no importa qué diga el sitio oficial siempre que uno llega a la delegación le falta un documento.
El horario de atención en la delegación Cuajimalpa es de 9am a 4:30pm, pero como era lunes yo llegue a las 10:30 para darle chance al licenciado que seguramente el domingo dio el grito, como cada domingo, no éste en especial porque se celebraba la independencia y llegaría tarde.

-       Buenos días, vengo a realizar el trámite para unas placas nuevas.
Entregue un folder manila con todos mis documentos en orden alfabético y rápidamente el licenciado Ortiz me indicó que hacia falta un documento: el pago de los derechos.

-       Si, ya se licenciado pero vengo preparado para pagárselo aquí.

-       No, aquí en la delegación no se puede pagar. Tiene que ir a la Comercial Mexicana que está en Revolución.
En este momento se me incendiaron una docena de neuronas y el humo con olor a pelo quemado se me escapo por los oídos. ¿A quien chingados se le ocurre que el pago de un trámite de la delegación no se pague ahí mismo? ¿Y a quien chingados se le ocurre que sea en la Comer…. de Revolución?

Como aun era temprano y no quise que un enojo echara todo mi día a perder me contuve, le di las gracias al licenciado Ortiz y le dije que al rato regresaba con el documento.
Taxi a la Comer de Revolución.

Dentro de la Comer, entre las cajas 12 y 13, casi como la estación de tren de Harry Potter hay una oficina secreta donde se puede hacer el pago por el derecho de placas.

-       Joven, vengo a hacer mi pago de derecho de placas.
El joven, amablemente revisó mis documentos y me entregó un número como de la salchichonería. Me pasó inmediatamente con un puberto que también amablemente capturó mis datos, se quedó con la copia de mi licencia y mi comprobante de domicilio, y me entregó un formato con mi información impresa.

-       Siéntese ahí y ahorita lo llaman.
Después de 10 minutos me llamó una señorita que me pidió el formato y le echó un garabato al pie de página.

-       Ahora vaya a la caja 13, pague y regrese.
Fui a la caja 13 donde había como 58 personas haciendo cola. Ninguna de ellas llevaba jamón ni salchichas por lo que concluí que los números que nos dieron en la oficina secreta no los compartían con las carnes frías. En las otras 20 cajas no había ni un cliente. ¿Será que si compro salchichas me puedo ir a la caja rápida? Por fin llegué con la cajera, hice mi pago, y regresé a la oficina secreta donde ahora había otra cola. Esperé mi turno y llegué otra vez con el amable joven quien revisó mi comprobante de pago y con una sonrisa me dijo – Eso es todo.

Después de varias semanas de analizarlo no me queda claro porque hay que dar tantas vueltas para pagar el derecho de placas. Me imagino que entre tanto ir y venir de la caja 13 a la oficina secreta uno se puede confundir con el numerito y termine comprando medio kilo de jamón; y así la Comer saca provecho de la burocracia.
Ya armado con mi documentación completa, salvo dos copias que me quitaron en la Comer, me subí a otro taxi. Le pedí que me llevara a la delegación Cuajimalpa, pero sabiamente me indicó que la delegación Miguel Hidalgo estaba más cerca y me ofreció llevarme ahí.

La delegación Miguel Hidalgo es de lo mejorcito. Es limpia y moderna, tiene unos edificios hermosos con espacios al aire libre que le dan a uno la sensación de estar en un lugar de vanguardia. Es más, su eslogan es Bienestar y Vanguardia. Gran ejemplo de vanguardia es el que tenían en la puerta de la oficina de trámites vehiculares: “Hoy no hay sistema”
Al ver el humito que salía de mis oídos, resultado de otra docena de neuronas calcinadas, las secretarias dejaron de chismear para decirme – Es por el día, joven.

-Ah, muchas gracias.
Pero no entendí. O sea, ¿no hay sistema porque es lunes? O ¿no hay sistema porque AYER se celebró el aniversario de la independencia?

Taxi de regreso a la delegación Cuajimalpa.

-       Licenciado Ortiz, ahora si ya tengo todos los documentos.

-       A ver… muy bien. Ahora, mientras yo capturo los datos vaya y saque las copias que le faltan aquí a la miscelánea.
Efectivamente, cruzando la calle está la miscelánea Rosy donde sacan copias.

-       Aquí están licenciado; copia de la licencia y copia de mi comprobante de domicilio.

-       Perfecto. Aquí está su tarjeta de circulación. Vaya y sáquele una copia por los dos lados.
Regresé a la miscelánea Rosy saque la copia por ambos lados y compré unas papitas porque ya eran las cuatro de la tarde. Mientras el licenciado Ortiz se entretenía con mis documentos se me acercó otro licenciado, que por su edad me pareció que era el jefe de la oficina. Me tomó del hombro y me dijo que iba a salir a leer algunos capítulos de la biblia. Le dije que pidiera por mí y por el pinche trámite de las placas porque en 20 minutos cierran la oficina y no había terminado.

¡El milagro se dio! El licenciado Ortiz llegó con mis placas y el engomado. Tardé más de ocho horas en hacer un simple trámite pero obtuve mis placas.
Ahora, regresando al tema del capital en movimiento… en total saqué 3 copias de documentos y doña Rosy me cobró de a peso la copia o $2 si era por ambos lados. Digamos que el capitalino promedio gasta $1.5 por copia en éste trámite donde necesita 5 documentos; 3 copias x 5 documentos x $1.5 = $22.50.

Según el INEGI, en el 2011 se registraron 4,396,912 vehículos nuevos, y cada uno tuvo que pasar por este infierno de trámite calcinador de neuronas. Esto representa un movimiento de $98,930,520 de puras copias!En un país donde el 46% de la población está en condiciones de pobreza, o sea poco más de 53 millones.
 La solución al problema de la pobreza es simple. Hay que cambiar el eslogan Ciudad de México, Se Sacan Copias.

Wednesday, August 29, 2012

El bar Mata

-¿Vamos al bar mata? Me dice Market.

Inmediatamente me viene a la mente la siguiente escena:
Una docena de amigos, menores de edad, bebiendo en la terraza del mismo bar, admirando la vista de la ciudad de México en una noche clara. De pronto se escucha una explosión en el edificio de enfrente  que desata un incendio feroz. En cuestión de minutos policías, ambulancias, y bomberos han cerrado todas las calles a la redonda.

Nosotros, mientras tanto, seguimos bebiendo al calor de las brazas y cantando el éxito ochentero “the roof is on fire”. Cuando llegó el momento de retirarnos, el fuego seguía tan intenso como al principio y las calles parecían la locación de un carnaval; había cientos de bomberos y policías.
Leo, nuestro único amigo afortunado por tener un coche, se ofreció amablemente a darnos un aventón a nuestras casas. Entramos a su Jetta como payasos de circo; cuatro adelante,  siete atrás y uno en la cajuela. Sin la menor preocupación por la cantidad de oficiales o su ingesta de alcohol, arrancó el coche y empezó a circular por las calles empedradas del centro. Al dar la primera vuelta, la dirección del Jetta se rompió y chocamos contra un coche estacionado, pero Leo se asusto y aceleró más. Chocamos contra otros cuatro coches que estaban estacionados…
¡Pélate, pélate! Grita uno de los tres copilotos.

El intento de fuga duró exactamente medio segundo. El Jetta estaba atorado entre otros dos coches y el volante no funcionaba. Instantáneamente estábamos rodeados por dos docenas de oficiales, entre bomberos y policías, que se estaban imaginando en que gastar la enorme mordida que se iban a llevar. Nos indicaron salir del coche con sus linternas. El primero en salir fue Leo y detrás de él la caravana de enanos ebrios, que al ver la situación en la que se habían metido optaron por darle las gracias por el aventón e inmediatamente desaparecieron entre el humo del incendio.
-…pues órale, vamos. ¿Quién más viene?

- Un par de amigas que conocí en una fiesta.
Llegamos al bar y esta vez nos ubicamos cerca de la barra del primer piso ya que la terraza estaba vacía y al nada indicaba que habría espectáculos como el de aquella noche. Además, el paso de la multitud servía como buena excusa para romper la barrera del tacto con nuestras nuevas amigas, Paulina y Karen.  La plática era fluida, el bar tender nos atendía sin mucha demora, y la música estaba buena pero había algo en el ambiente que se sentía raro. Los cuatro lo sentíamos pero ni Market ni yo lo identificábamos así que seguíamos con nuestro plan de conquista. De pronto Karen nos acerca a los cuatro y en voz seria pregunta:

-¿Oigan, que no es noche gay?
Market y yo levantamos la cabeza y barrimos el antro con la mirada.

-¡Claro, es miércoles!  Concluyó Paulina.
La escena gay en el DF aún estaba en su infancia. Había pocos antros que atendían a ese segmento de chilangos; y mucho menos, inocentes como Market y yo que llevan a sus amigas a un bar gay. Inmediatamente nos pusimos de espaldas contra la barra. Ellas se morían de risa, pero nosotros nos sentíamos como mujercitas en un vagón del metro Tacubaya en hora pico; vulnerables y esperando un agarrón de nalga en cualquier momento. Claro que con el par de aspirinas que cargábamos nadie tendría la tentación; ni rellenando con la cartera hacíamos una nalga decente. Pero nosotros no nos íbamos a confiar.

Karen por fin se compadeció de nosotros y propuso ir a otro lugar. En lo que cada quien pensaba en opciones cerca de la zona Market tuvo una grandiosa idea. La mejor propuesta para un par de amigas que acabas de conocer:
-Pues en mi casa no hay nadie, ¿porque no vamos ahí? Podemos jugar dominó o mentirosa. Tengo tequilita y bacacho.

Yo sentí como se me subió el color a la cara y me sudaron las manos. ¿Cómo se le ocurría decir eso? Van a pensar que somos unos gandallas. Pero me había quedado sin opción: Si apoyaba a Market y ellas dicen que no, los dos quedamos como unos gandallas precoces. Si propongo otra lugar y ellas le dicen que si a Market, entonces quedo como un flan.
-Ay, órale… ¡que buena idea!

Esas palabras inesperadas de Paulina se escucharon con tal claridad que no hubo la menor duda. Salimos del bar mata como si se estuviera incendiando; llegamos a casa de Market con la misma velocidad e inmediatamente tomamos posesión de la colección de licores del papá. Paulina y yo empezamos a jugar mentirosa; juego en el que yo creía tener bastante habilidad, hasta que después de 5 manos y 5 caballitos de tequila no lograba descifrar sus mentiras.
Pedí un tiempo fuera para ir al baño y tal cual emperador Romano induje el vómito. Me eche agua en la cara, hice gárgaras con enjuague bucal, hice algunos ejercicios de estiramiento y ahora si… estaba listo para dar batalla. Pero saliendo del baño vi frente a mí una cama con un edredón de pluma de ganso recién tendido, suave como una nube. Que mejor idea, pensé, que echarme una siestecita de cinco minutos antes de regresar a la conquista. Me dejé caer y para mi sorpresa no había colchón! El edredón estaba cubriendo la base de madera de la cama. ¡Knock-out inmediato!

Monday, January 9, 2012

Asalto en Polanco

Polanco es una colonia que se caracteriza por su elegancia. No por las tiendas donde se pasean las señoras y los guarros de los narcos sino por su hermosa arquitectura colonial, sus grandes avenidas plagadas de árboles y la compañía permanente de inmortales como Homero, Aristóteles, Galileo, Verne y Poe por mencionar algunos.

Polanco también parece tener un efecto sobre la gente que navega dentro de ella. Caso sencillo es el de la señora Narco y el orangután que le va oliendo los pedos. Este par de criminales navega sobre Campos Elíseos e instantáneamente adquieren una forma de caminar elegante, se les alza la nariz y apestan tal cual parisino. Ella que comúnmente habla con un vocabulario de no más de cien palabras ahora lo hace con elocuencia y cierto acento atractivo. Él que generalmente apesta, sigue apestando! Habrá que analizar qué pasa cuando toman Aristóteles; quizá no deje de apestar pero podrá usar ese destello de inteligencia para seducir a la patrona.

Mucha gente se ha dado cuenta de las virtudes que adquieren y las ponen a trabajar a su favor. Hay personas que se pasean por Homero y luego se meten a un bar en los campos elíseos para conquistar parisinas elegantes, pero apestosas, inundándolas con poesía épica donde ellos son los protagonistas. Hay otros quienes prefieren pasear por Galileo y reunirse con sus colegas en restaurantes para asombrarlos con su amplia cultura sobre las ciencias y las artes; claro, incorporando palabras en italiano sin dar tropiezo. Para aquellas mujeres vanidosas, sin embargo, no hay por donde pasear para realzar su belleza. Incluso hay algunas que no tienen cuidado al planear su ruta y pasan por Hegel antes de entrar a los bares sin saber que se han convertido en una réplica del poco agraciado filósofo alemán, pero con tetas.

También, como estas mujeres, hay mucha gente que sufre de estos asaltos de inteligencia, sabiduría, elegancia o elocuencia sin saberlo. Y una noche larga en Polanco tuve oportunidad de interactuar con algunos de ellos.

Al primero lo encontré en una espléndida casa colonial en la calle de La Fontaine, esquina con Horacio, a la que me habían invitado. Ya infectado con las virtudes de poeta francés él se hacía llamar Sr. Fromage y asombraba a los invitados con un talento sobrenatural para degustar vinos. De la misma manera, habiendo adquirido cualidades de demagogo gracias a Horacio, nos contaba relatos en forma de rimas y prosas de sus épicas aventuras por los viñedos de Sudamérica y Europa. De aquella reunión salí con el Sr. Fromage a un bar que él recomendaba.

El bar estaba ubicado en la calle de Julio Verne esquina con Campos Elíseos, por lo que al parecer nos esperaba una noche llena de aventuras de ciencia ficción compartidas con parisinos apestosos. Después de un par de horas dentro del bar el Sr. Fromage había perdido sus cualidades de demagogo y sommelier, por lo tanto se dedicó a beber licores de mala calidad y sin tener nada interesante que comentar se perdió entre la multitud. En su lugar conocí a Natachna, una preciosa señorita de grandes ojos cafés, cabello castaño, largo y ondulado, luciendo un elegante vestido negro que abrazaba su figura, y unos tacones que la elevaban al nivel de la barra. Por fortuna, ella no había adquirido los malos olores de los parisinos y su perfume alborotaba la testosterona de los presentes. Lo que si la había asaltado era la virtud de Verne para contar historias de ciencia ficción. Era tal el exceso de aventurismo que se creía dentro de una historia de terror, en la que era perseguida por animales salvajes. Lloraba sin parar. Afirmaba que uno de esos animales salvajes estaba también en el bar y que necesitaba salir de ahí. Aprovechando su credibilidad en temas de ciencia ficción le ofrecí un elixir que le daría poderes para combatir a las fieras; en realidad era un jägermeister, como los que el Sr. Fromage se había dedicado a beber. Se lo tomó de un solo trago y el placebo hizo efecto de inmediato: dejó de llorar, levantó la cabeza con mirada firme, me tomó del brazo y me llevó al extremo opuesto del bar. Ahí, lejos de los animales salvajes me propuso un viaje extraordinario, digno de Verne, que empezaba bailando salsa con los cubanos, luego ir a cantar karaoke con los japoneses y para terminar, fumar hookah con los árabes.

Emprendimos el viaje sin saber que la extraordinaria aventura terminaría en una tragedia de terror…

Salimos por la calle de Verne en dirección al parque. Durante el camino Natachna señalaba animales fantásticos y otros elementos de su imaginación que nos metieron a un mundo maravilloso. Había pájaros gigantes con alas de fuego iluminando el camino, perros detrás de las rejas de las casas que cantaban Arias y libélulas fosforescentes sobre nuestras cabezas. Al llegar al parque los árboles se apartaban para mostrarnos el camino y las fuentes hacían puentes de agua que brillaban con el fuego de los pájaros. La imaginación de Natachna para crear escenarios era insólita.

Pero de pronto los pájaros se convirtieron en zopilotes. Horribles aves que circulaban encima de nosotros en espera de la muerte. Los perros que cantaban Arias ahora eran espantosas hienas que gruñían con rabia y trataban de arañarnos. Las libélulas ahora eran moscas que no dejaban de zumbar por nuestros oídos. Los árboles se cerraban sobre nosotros y tapaban la luz de la luna, dejándonos en una calle fría y obscura. Pero esto no era producto de la imaginación de Natachna; sin darnos cuenta salimos del parque y nos metimos a la calle de Alan Poe. Alguien estaba creando una historia de terror y nosotros éramos los personajes. Del extremo opuesto de la calle apareció un sujeto que caminaba hacia nosotros. Entre más se acercaba más conocido se nos hacía, hasta que ya no hubo duda… era William Wilson, el asesino de la novela homónima! Acorralados por las hienas por detrás era imposible correr. Wilson se acercó, sacó un revólver plateado y dijo

–Esto es un asalto.

Que extraño para un personaje de Poe hablar con tal redundancia. Quizá la virtud del lenguaje no se había incorporado aún en Wilson. Pero a estas alturas, ya con sacar tremendo revólver no hay necesidad de aclarar lo que está pasando.

Wilson repitió – Esto es un asalto cabrones, denme todo lo que traigan!

Definitivamente, la virtud del lenguaje aún no hacía efecto en Wilson.

Conociendo la naturaleza homicida de Wilson no dudamos ni un instante y le entregamos todo lo que teníamos: teléfonos, cartera, bolsa, un boleto del metro, el peine que llevaba en la bolsa trasera del pantalón y el pomo que nos robamos del bar.

-Ahora váyanse para allá

Nos fuimos a la banqueta, donde había menos luz. Ya no teníamos nada más que darle, pero seguía apuntándonos con el arma. Me apuntó ahora a mí y dijo

-Ahora quítale la tanga

Maldito Allan Poe. Que escena tan cínica estaba creando. Wilson seguramente pensaba que Natachna y yo éramos pareja y que para mí quitarle la tanga sería un movimiento casual. Meter la mano por debajo del vestido y jalar la prenda. Lo que Wilson no sabía era que Natachna y yo llevábamos 10 minutos de conocernos, de los cuales 8 los pasamos en un mundo de ficción. Pero no había de otra, tendría que meter la mano en terreno prohibido para no pasar a ser comida de zopilote. En eso, volteo a ver a Natachna con cara de “ni modo” y con un movimiento de entre mago y stripper, se quitó la tanga a una mano, sin ver, y sin mover el vestido. Wilson y yo quedamos con la boca abierta, asombrados por la destreza de Natachna. Wilson tomó la prenda, se dio la media vuelta y desapareció en la obscuridad.

La tanga de Natachna nos salvó la vida! Corrimos a Campos Elíseos para abandonar las escenas de Poe y nos perdimos entre los parisinos malolientes.

Wednesday, November 30, 2011

Viernes Santo

Para los alumnos, el periodo de vacaciones de semana santa es un evento que se espera con mucha ansiedad. A pesar de que es un periodo de reflexión para los católicos/cristianos, para la gran mayoría de los alumnos (incluso para los que se dicen católicos/cristianos) son 15 días de libertad; el viernes santo es un viernes más, pero con olor a pólvora, música de feria y miles de peregrinos conmemorando la pasión de cristo. Me imagino que para los peregrinos, el viernes santo no solo implica caminar detrás de la cruz, sino también aguantar a los alumnos de su zona tocándoles el claxon y respirar los humos tóxicos que despiden sus coches.


Es un periodo también para saldar cuentas con esa vocecita que habla detrás de su cabeza y no lo deja dormir, recordándole todas las cosas malas que ha hecho en el año. Para algunos, basta con meterse a una especie de cabina telefónica, hablar con un extraño y sacar todos sus trapitos al sol. Se entiende que este personaje funciona como intermediario entre el creyente y el jefe de jefes (algunos lo llaman dios, otros buda, etc.). Al terminar el monólogo, el intermediario se comunica con el jefe y recibe el saldo. No sé por qué alguna empresa de telecomunicaciones no ha invertido en contratar a uno de estos personajes, ¿no se habrán dado cuenta que dominan desde hace varias décadas la comunicación telepática? En esas cabinas no hay teléfono, ni correo electrónico, ni twitter. Es más, ni siquiera hay electricidad. El caso es que el intermediario recibe el saldo y se lo hace saber al creyente. El creyente, no sabiendo de la impresionante muestra de tecnología que acaba de presenciar, prosigue a pagar la cuota para sanar su alma: cinco aves marías, diez padre nuestros, o un rosario… dependiendo de la magnitud de sus delitos. ¿Sabrá el creyente que sin saberlo se está comunicando con el capo usando un canal de telepatía?

Yo no soy creyente, ni confío en contarle mis secretos a un personaje disfrazado. Pero si creo que de vez en cuando hay que sanar el alma. ¿Qué mejor medio que éste? Me confieso:

Hace unos 15 años, durante las vacaciones de semana santa mi primo chícharo me invitó a jugar una cascarita en una cancha del pueblito de Contadero. Tomamos un pecero en reforma que nos llevó hasta uno de los puentes nuevos de aquella época en la carretera libre. De ahí nos propusimos caminar hasta la cancha; pero nunca llegaríamos. En el trayecto cruzamos la calle que llevaba a mi secundaria, donde el chícharo había cursado solamente un año. La nostalgia del chícharo y mi curiosidad de ver la escuela en plenas vacaciones desvió nuestro rumbo y nos fuimos directo a la escuela.

Llegamos a la entrada principal, que en realidad era la única entrada, y consistía en una reja de gallinero sin candado. Sin mayor problema abrimos la reja y nos metimos. Al parecer no había nadie y recorrimos salones de clases y áreas comunes con calma. Yo me tomé unos minutos para leer algunos de los comunicados que estaban puestos en un ventanal y de pronto sentí un golpe de aire fuertísimo en la cabeza y en menos de un segundo estaba cubierto de polvo rosa. Sin tiempo de entender que estaba pasando voltee y sentí lo mismo pero ahora en la cara. Escuché la risa del chícharo y lo vi correr con un extinguidor. Fui en busca de otro extinguidor para tomar revancha y al cabo de media hora los dos estábamos cubiertos de polvo rosa y agotados. Decidimos regresar los extinguidores a su lugar y seguir el plan original, pero al pasar por la oficina de una de la directora vimos que la ventana estaba abierta. Sin pensarlo apuntamos el extinguidor hacia el interior de la oficina y tapizamos las paredes, el escritorio y los documentos de rosa. La oficina brillaba por si sola de tanto color. La ilusión óptica era increíble, no había perspectiva, ni distinción entre la textura de una silla de mimbre y una de plástico. Ni Dalí hubiera podido pintar una imagen tan fantástica.

Salimos de la escuela y para cuando llegamos a la cascarita ya nos olvidamos del acto de terrorismo que acabábamos de cometer. Y así terminaron nuestras vacaciones de semana santa, con sabor y olor a fosfato mono amónico en vez de pólvora.

Pero llegó el primer día de clases. Y aun sin haber tenido tiempo de platicarle a mis confidentes lo que había hecho con el chícharo se apareció en nuestro salón la directora y el encargado de mantenimiento. Susurraron algunas palabras con la maestra y ambas voltearon a ver al de mantenimiento mientras él observaba con cuidado a cada alumno. En el ambiente se sentía la tensión y hasta la temperatura bajó. La cara desencajada de la directora, la mirada furiosa del de mantenimiento y los alumnos pálidos bien podría remplazar las de un general, un capitán y el batallón de donde sacarían algunos soldados para mandar a la guerra. La vista del de mantenimiento por fin llegó a mi lugar y sin titubear levanto el brazo, me señaló y dijo: El

Pero le faltaba otro sospechoso así que siguió tratando de identificar al chícharo. El de mantenimiento y yo sabíamos que lo estaba buscando, pero solo yo sabía que nuca lo iba a encontrar. Buscaba a un joven de piel blanca, pelo café obscuro y chino, ojos azules, y como de 1.70m de estatura. Llegó al último alumno y al no encontrar a su sospechoso y no querer quedar mal con la directora levanto el brazo, apunto al azar y dijo: Y él. Todos volteamos a ver a la víctima del sorteo, que ya tenía cara de sacerdote al escuchar la confesión de Maciel. Pero nadie más sorprendido que yo. La víctima de la ruleta rusa resultó ser de piel morena, pelo negro y corto y ojos obscuros; pero eso si, 1.70m de estatura.

Y así, sin dar explicaciones nos llevaron a la oficina de la directora. Con una breve sinopsis la directora nos explicó que dos personas habían entrado durante las vacaciones a cometer actos de vandalismo, entre ellos, dejar su oficina como algodón de feria. Continuó por informarnos que el centinela, ojo de águila, nos vio entrar a la escuela desde una ventana y que esté seguro que nosotros somos los culpables.

Mi compañero ya para entonces tenía cara del mismo sacerdote pero que acaban de acusar de pederasta. Y así como si la directora fuera San Pedro en las puertas del cielo, la encaró, sacó el pecho y le dijo que era imposible que él hubiera cometido semejante pecado; contó como desde el primer día de vacaciones su familia lo subió a una camioneta con el resto de sus primos y se los llevaron a Monterrey a visitar a la abuela. Volvió hasta la tarde del domingo y que ahí trae el sándwich de huevo con machaca para comprobarlo.

Mientras tanto, yo trataba de formular una excusa igual de contundente que la de mi compañero. Algo que decir para que no hubiera la menor sospecha de que yo estuve en la escuela. Es más, cualquier cosa para poner en duda mi proximidad a la escuela e incluso a la ciudad, quedar libre de pecado y evitar la crucifixión.

Satisfecha con la explicación pero aún con ganas de sacar la tarjeta roja y crucificar a alguien, la directora volteo hacia mí y pregunto:

-Y tú, ¿dónde estabas el viernes santo?

-¿Yo? No pues yo estaba enfermo en casa de mi abuela aquí en la ciudad…

¡Crucificado!

Tuesday, August 16, 2011

Un rapidito en la mañana

En la pubertad, tener coche es uno de los privilegios que más provecho le pueden sacar los adolescentes. Al momento de obtener tan codiciado patrimonio, el puberto es libre. Se libera de la esclavitud del camión de la escuela y se libera de la pena de que la mamá tenga que ir por él a cualquier lugar. Pero lo más importante, en el caso del hombre, es que adquiere la libertad de llevar a la novia (casi nunca al novio porque la comunidad gay de mi generación salió del closet una década después) de paseo sin tener que rendir cuentas a nadie.

No fue mi caso. Al menos durante varios años de mi pubertad fui cautivo del horrendo camión amarillo dentro del cual se inhalan gases tóxicos que lo dejan a uno en estado inadecuado para estudiar; con asientos tan ajustados que uno no se puede sentar derecho e inevitablemente se pega en la cabeza cuando pasan los topes; y la invariable ventana que nunca se puede cerrar y en la mañana la brisa le deja un cachete paralizado.

Por suerte, uno de mis mejores amigos manejaba su propio vocho azul desde los 10 años. La única desventaja que ahora reconoce viéndolo en retrospectiva, es que al parecer no pasó por la pubertad. La voz no le cambió gradualmente como a todos los demás... más bien un día mientras manejaba y cantaba, paso un bache y la voz bajó tres o cuatro registros. Tampoco sufrió con el súbito incremento de producción hormonal que deja a la mayoría pensando únicamente en sexo... el fue un poco más precóz y a los once años ya habia amanecido entre las piernas de varias mujeres. Ese era mi amigo Ruben.

Lunes, 6:45 am, tercero de secundaria. Suena la alarma, en mi sueño el ruido de la alarma se transforma en una placentera melodía que me arruya otros cinco minutos. Esos minutos en los que los sueños son más vívidos y el subconciente nos regala la escena ídeal con el amor platónico; suficientes para poner el superávit de hormonas en paz. 6:50 entra mi mamá: levántate que se te va a ir el camión!. El amor platónico se esfuma justo antes de quitarse la camisa. La placentera melodía cambia por un incesante golpeo en la cabeza.

Sin muchas ganas, pero sabiendo que es peor perder el camión que levantarse temprano, me meto a la regadera, me pongo una camisa y lo mismo que el día anterior. Me cuelgo la mochila, me tomo un vaso de jugo, agarro la guitarra para la clase de música, y la clásica torta de jamón.

Con el pelo aún mojado salgo a la calle para encontrar al camión. Son dos o tres cuadras de incertidumbre...a veces el camión pasa un poco más temprano y el chofer, como buen autómata, no ve niño y se sigue a la siguiente dirección. Pero a veces el camión pasa más tarde, y de la misma manera, como buen autómata hace lo posible por llegar a la hora indicada y maneja el torpedo amarillo como si tuviera la suspensión de una Range Rover.

Al dar la vuelta en la esquina, veo el camión parado en el semáforo. Como sherpa del Himalaya, salí corriendo con todos mis bultos sólo para ver prenderse el foco verde y el camión pasar. El autómata ni siquiera volteó a buscarme y los demás alumnos, como llevaban el cachete paralizado, no pudieron avisar.

Igual, como sherpa, pero derrotado llegue jadeando a la avenida y vi al camión alejarse y mis esperanzas murieron. Pero no duró mucho mi tristeza... cuando voltee a buscar un pecero, a lo lejos vi un vochito azul. Es baja la probabilidad, pero ¿que tan grande sería mi suerte si fuera el vocho de Ruben? Entre más se acercaba más me emocionaba. Tras el parabrisas empañado, con huella de mano como la del titanic, empezaba a distinguir la figura de Ruben. Por fin llegó al semaforo, se prendió el foco rojo y justo frente a mi estaba Ruben con su novia al lado (eso explicaba la huella). Sin siquiera pensarlo agarré mis bultos y di paso hacia el coche. Ruben, al ver mis intenciones con la mirada fija en mis ojos, levanto el dedo índice sin soltar las manos del volante, y lo movio de un lado a otro dándome a entender que no me iba a llevar!

Un par de semanas después me encontré a Ruben y le reclamé:

- ¿Que no viste que me había dejado el camión? ¡Vamos al mismo lugar! ¿Que te costaba darme un aventón?
- Perdón, no podía.
- ¿Cómo que no podías? ¡¿Que pinche excusa es esa?!
- Es que me iba a echar un mañanero con mi novia

¿Que le dices?

Monday, March 28, 2011

Atrápeme si puede

Alberto es uno de los apodos de uno de mis mejores amigos. Lo llamamos así por su gran parecido a la leyenda de la balada de rock mexicana: Alberto Vazquez. Grave y definida voz, capaz de cautivar a decenas con un simple susurro.
Un buen día decidimos irnos de pinta para disfrutar la alberca del club Yaqui. El único problema era que él era socio del club y yo no. Pero eso era, en nuestra opinión, tan fácil de resolver como sacar una licencia para manejar a los trece años. Lo más seguro era que nos encontraríamos con una recepcionista que por estar ocupada hablando por teléfono o llenando formas con la máquina de escribir (no existía el internet todavía) asumiría que ambos eramos socios y no se daría la molestia de pedir identificación.

Así que con traje de baño puesto bajo los jeans nos subimos al vocho amarillo que Alberto había heredado de su hermana, que a su vez había heredado del hermano que lo obtuvo como regalo de 18 años. El pobre vocho no tenía acelerador; tenia una cuerda que salía por la ventana, entraba al motor por la cajuela, y se amarraba al chicote del acelerador. El conductor, debía manejar con una mano al volante, sostener y jalar la cuerda con la otra para acelear. El vocho también carecía de claxón, pero tenía los cables expuestos. Para hacerlo sonar, bastaba con conectar uno de los cables a la cabeza de un martillo de herrero que viajaba debajo del asiento del conductor. El sonido no era el esperado, pero ya nos habíamos acostumbrado al graznido de pato en celo que salía del vocho amarillo y a las miradas de asombro de los coches vecinos.

Llegando al club nos dimos una vuelta por la recepción antes de estacionarnos y nos dimos cuenta que había que considerar otra forma para que yo entrara; en lugar de recepcionista habia un guardia de seguridad! De esos a los que se les da una orden y no hacen otra cosa; autómatas que han invadido la ciudad y nos esperan a la entrada de los bancos. También han infiltrado las líneas de teléfono de cualquiér servicio a cliente, y sobre todo ocupan muchos puestos de gobierno. Algunos son tan poderosos que han llegado a tomar la presidencia del país.

El plan B no tuvo el menor grado de sofisticación. Sali corriendo junto a la enredadera que delimita el club, me subí en un basurero, y brinqué sobre la puerta de servicio que daba a un jardín. Ahora solo tenía que actuar con naturaleza y llegar a la alberca, donde Alberto me estaría esperando. Así que comencé mi pasito tun tun. Pasé el área de mantenimiento, el de la cocina, y di la vuelta sobre el camino empedrado, como lo haría cualquier socio, hacia la alberca. Estaba a unos cien metros de ella, ya veía a Alberto con cerveza en mano y el agua a la cintura cuando escuche a mis espaldas la voz de un autómata - Joven, disculpe.
Yo continué mi pasito tun tun, pero un poco más acelerado. Como cualquier socio, pero que se está cagando! Y de nuevo, pero un poco más fuerte escuche al autómata - Joven, me permite?
Esta vez era inevitable hacerse el sordo. El autómata estaba oliéndome los pedos.

Giré hacia él - Ay, perdón, no lo escuché. Qué paso?
- Me permite su credencial por favor?
-Uy, no la traigo poli. Voy a la alberca y dejé la cartera en el coche.
-Bueno, no se preocupe. Nada más verifico su nombre y número de socio con la oficina.

En este momento supe que, por alguna razón, el autómata sabía que yo no era socio y que haría lo posible por comprobarlo. Creo que él tambien sabía que yo sabía, y comenzamos una batalla, como una mano de poker. Por fortuna yo tenía varios aces bajo la manga...

-Me llamo Alberto Vazquez, número de socio 450089. Esto era cierto. Sabía el número de socio porque lo había usado varias veces antes para entrar haciéndome pasar por Alberto o su hermano.

El autómata repitió los datos por su radio y lo único que recibió fue:
-Tres cuatro, tenemos un secenta y tres.
-Entendido, dijo el autómata. Alberto, por favor acompañame a la oficina.
-Ay poli, no puedo pasar de salida?
-Negativo. Me informan que lo debo llevar de inmediato.

Al parecer mi primer as no fue suficiente para convencer al autómata. Ahora tendría que lidiar con el autómata mayor. Caminamos de regreso por el camino empedrado. Mire sobre el hombro y pude ver al verdadero Alberto observandonos desde la alberca. Por fortuna, el vapor del agua y las macetas que rodean la alberca distorsionaban su imagen y no había manera de que el autómata supiera que el verdadero Alberto Vazquez estaba ahí.

Entramos a la oficina y me recibió el autómata mayor.

-Joven, es usted Alberto Vazquez?
-Si señor. Hay algún problema?
-Porqué te brincaste la puerta de servicio?
-Ah, es que por ahí llego más rapido a la alberca.
-Y que, ibas a nadar vestido así?
-No. Ya tengo puesto mi traje de baño! Y se lo enseñé.
-Pues está prohibido entrar por ahí, ya lo sabe.
-Bueno, discúlpeme; pa´la otra entro por la puerta principal.
-Y donde está tu credencial?
-No tengo, la perdí. Tengo casi un año de no venir al club porque estaba fuera de la ciudad estudiando.

Después de este round, el autómata decidió atacar con una estrategia diferente. Esto lo diferenciaba de los otros autómatas y me empecé a poner nervioso. Pero mantuve la calma, como cualquier socio que se hace pasar por otro.

Tomó un libro de su escritorio, le dio la vuelta a varias hojas y mirando el libro preguntó:
-Como se llama tu papá?
-Luis
-Y tu hermana?
-Mariana
-Y tu hermano?
-Luis

Seguía esquivando las balas, pero el autómata mayor no dejaba de disparar. Aún no lo podía convencer. Había algo que no cuadraba con su algorítmo. El automata miraba el libro y me volteaba a ver a mi. Dos veces repitió lo mismo hasta que echó toda la carne al asador...
Me mostro el libro donde había fotos de cada socio, agrupadas por familia. La familia de Alberto ocupaba toda una hoja, y ahí estaba Alberto: piel trigueña, ojos cafés, pelo castaño ondulado, nariz ancha, y una cicatríz en la frente. Y ahí, sentado frente a los dos autómatas estaba yo: piel blanca, ojos verdes, pelo güero liso, nariz mucho más chica, y arete en el oído.

-Y éste eres tu? Dijo el autómata con cara como del que sabe que ha ganado la mano de poker.
-Si. Pero esa ya es una foto vieja. Dije yo con cara como del que no tiene nada que perder.

El autómata no lo podía creer. No había dos personas más diferentes en la tierra y aún así no podía comprobar mi crimen.

-Bueno, pásale por aqui Alberto.

Me llevó a otro cuarto, me sento en un banquito, me tomó una foto, y me entregó una credencial del club Yaqui con mi foto y mi nombre: Alberto Vazquez.